Un análisis reciente advierte que muchas reuniones corporativas en México priorizan lo ritual sobre lo estratégico, lo que reduce la productividad del capital intelectual. Las juntas se han convertido en espacios donde predomina la formalidad: actas que se firman, puntos en agenda que rara vez trascienden, decisiones que se difuminan en el ruido administrativo. Esa mala gestión de las juntas empresariales no solo diluye ideas; mina la innovación, desacelera proyectos y desvanece el valor de los equipos de trabajo.
Al no diseñarse con objetivos claros ni seguimiento real, estas reuniones terminan convirtiéndose en simples cumplimientos. Los asistentes pierden foco, el tiempo se desperdicia y la estructura organizacional sufre. El talento deja de aportar, porque sabe que los resultados se diluyen antes de materializarse. En organizaciones donde las juntas son periódicas pero desorganizadas, la moral cae y crecen los costos ocultos: pérdida de eficiencia, falta de responsabilidad, decisiones postergadas o superficiales.
Para evitarlo, se requiere replantear el propósito de las juntas: definir agenda con sentido, establecer responsables por acción, priorizar transparencia y cultivar una cultura de resultados. Si las empresas no corrigen este problema, corre riesgo su capacidad de generar valor real, retener talento y adaptarse al cambio.
