El trabajo de cuidados no remunerado continúa siendo una de las desigualdades más profundas y persistentes en México. Las mujeres dedican, en promedio, el doble de tiempo a estas tareas que al empleo formal, una carga que condiciona su desarrollo profesional, limita su autonomía económica y profundiza brechas históricas. Este doble turno —que sostiene hogares, comunidades y economías enteras— rara vez se reconoce como trabajo, aunque sin él el país simplemente no funcionaría.
El tiempo que no se ve, pero determina todo
El cuidado de hijos, adultos mayores, personas enfermas y el mantenimiento del hogar recaen, de forma desproporcionada, en las mujeres. Esta carga no solo reduce sus oportunidades laborales; también influye en los salarios que perciben, el tipo de empleo al que acceden y la posibilidad de construir trayectorias profesionales sostenidas. Cuando gran parte del día está dedicada a tareas no reconocidas, el margen para desarrollo profesional se vuelve mínimo.
Impacto directo en empleo, ingresos y bienestar
La sobrecarga de cuidados limita la posibilidad de trabajar jornadas completas, asumir puestos de liderazgo o acceder a empleos formales. Muchas mujeres quedan atrapadas en ocupaciones de medio tiempo, autoempleo informal o esquemas de flexibilidad que sacrifican estabilidad y prestaciones. La consecuencia es clara: menor ingreso, menor acumulación de ahorro y menor protección social a largo plazo.
El costo económico de la desigualdad
El tiempo no remunerado que aportan las mujeres tiene un valor económico que supera el de muchas industrias formales, pero no se contabiliza en el PIB ni en la mayoría de políticas públicas. Ignorar esta contribución perpetúa modelos laborales y sociales que descansan en una desigualdad estructural: la economía crece a costa del tiempo de las mujeres, sin retribuirlo.
Hacia un sistema de cuidados que reparta responsabilidades
El cambio requiere más que voluntad individual. Se necesita infraestructura pública de cuidados, horarios laborales compatibles con la vida familiar, incentivos para la corresponsabilidad masculina y políticas que reconozcan formalmente el valor del cuidado. Las empresas también tienen un papel: flexibilizar horarios, ofrecer licencias equitativas y crear entornos donde la carga de cuidados no se traduzca en penalizaciones profesionales.
El trabajo de cuidados no remunerado no es un problema doméstico: es una cuestión económica, laboral y de justicia social. Mientras las mujeres sigan dedicando el doble de tiempo a estas tareas que a su trabajo pagado, la igualdad será una promesa incompleta.
