Reflexiones sobre la desigualdad social.

El tema de la desigualdad social posiblemente sea tan antiguo como la historia de la humanidad. En toda la época de la que se haya escrito a lo largo de la historia, siempre han existido diferencias en los ingresos y la forma de vida de unos individuos respecto a otros.

En algún tiempo se presentaba por diferencias entre oficios, en otras por las monarquías, aristocracias y plebeyos, otras más por influencia y dominio del clero y su relación con la nobleza y, las más contemporáneas, a partir de la industrialización, las guerras y posguerras, y la que se deriva más recientemente de la digitalización mundial.

En todas destaca el ser humano por sus características intrínsecas, por aspectos
positivos y negativos, como su creatividad natural, o bien, por su ambición y egoísmo, o tanto por su crecimiento personal como por el simple hecho de formar parte de alguna clase socialmente favorecida.

En las últimas décadas del siglo XX y lo que va del XXI, y después del manifiesto fracaso del comunismo que abanderaba la principal ideología en pro de la igualdad social, algunos países han expresado preocupaciones genuinas por disminuir la brecha de la desigualdad, logrando significativos avances entre sus ciudadanos, otros lo han utilizado meramente como un instrumento para sus propias causas
políticas, sin hacer realmente acciones por favorecer a sus pueblos.

Se dice que para mejorar algo primero debe ser medible y, en cuanto a la desigualdad, se desarrollaron dos medidas para expresar que tan igual o desigual son los ingresos o la renta de las personas en una sociedad: una es la curva de Lorenz y la otra es el índice de Gini.

Con esas herramientas de medición los países tienen actualmente la posibilidad de
compararse, tanto para su propio progreso al paso del tiempo, como entre países, y
así generar políticas económicas, fiscales y sociales en pro de abatir la desigualdad y
mejorar el bienestar de sus ciudadanos.

En México, el 1% de la población acumula el 43% de la riqueza.

Indicadores Lorenz y Gini

Ahora bien, estos indicadores sólo señalan qué tan iguales o desiguales son las rentas entre los ciudadanos de cierta territorialidad, no expresan qué tan buenas o malas son esas rentas para su bienestar; en otras palabras, una sociedad puede tener la mayor igualdad posible, pero con rentas muy bajas, es decir, tienen alta igualdad en pobreza; en el otro extremo, los ciudadanos pueden tener elevada desigualdad, pero aún los de menores rentas gozan de un nivel suficiente.

Dicho lo anterior, parece estéril que los gobiernos sólo le den el enfoque para
reducir la desigualdad, sin reparar en verdaderamente mejorar las rentas de
los individuos. En el caso de México, el partido político que actualmente ascendió
al gobierno, lo logró básicamente con la bandera y slogan de “primero los pobres” y,
precisamente, los ciudadanos en pobreza, encontraron y confiaron en un líder que
ofreció gobernar a favor de ellos.

¿Qué significa gobernar para la pobreza? En principio, deberíamos pensar que es para sacarlos de la misma, mejorar sus condiciones de vida y, en general, alcanzar un digno bienestar.

En un mundo en el que prevalece el capitalismo democrático no se debe dar el
enfoque de hacer económicamente iguales a todas las personas, pues independiente de que sea una utopía per se, no debería ser la única aspiración para un país.


Más bien, el objetivo deberá concentrarse en que se mejoren los ingresos con un
mecanismo que garantice que sean permanentes y que la igualdad esté en
las mismas oportunidades, en recibir los mejores servicios de salud, educación,
derechos humanos, seguridad y calidad de vida en todos sus aspectos.


En México la forma de atender el tema de la desigualdad es bajo mecanismos Robin
Hood
: quitar a ricos para darles a los pobres, con mecanismos como el fiscal, consistente en gravar con un mayor impuesto a los que obtienen más ingresos mediante una tarifa conocida como “progresiva”, con la que paga más impuesto quien gana más, disminuyendo la desigualdad entre las rentas.


Otro mecanismo son las denominadas transferencias realizadas en programas sociales, otorgando directamente dinero a grupos de personas que califican en determinadas características de vulnerabilidad. Esta es una de las medidas favoritas del gobierno en turno, pues naturalmente garantiza fidelidad en votaciones y, en resumen, el gobierno se disfraza de Robin Hood para, abiertamente, decir que le quita a los ricos para dárselo a los pobres, todo bajo el más cínico pero legal de los procesos.

En principio, son un par de medidas que buscan reducir la desigualdad, lo cual
evidentemente se logra. Sin embargo, aunque son alicientes inmediatos y populares, no logran el objetivo de generar las condiciones para que los individuos por sí mismos alcancen el ingreso suficiente y permanente para mejorar su calidad de vida.


Si las condiciones de los ricos empeoran, consecuentemente se deteriora la recaudación tributaria, y con eso las transferencias a los pobres, provocando una espiral viciosa. Por tanto, esas medidas son insuficientes y riesgosas si no van acompañadas de otros mecanismos simultáneos que garanticen que las fuentes de los ricos sigan siendo rentables para seguir generando los frutos que serán trasladados posteriormente a la pobreza.


Así las cosas, el gran objetivo está en hacer que más ciudadanos dentro de una sociedad mejoren sus ingresos, no solamente en quitarles a unos para darles a los otros; desde luego, lo fácil es extraer recursos al que los tiene, pero lo difícil –al mismo tiempo lo más inteligente– es generar condiciones para que todos estén lo mejor posible y nadie le deba quitar nada a nadie. El líder o grupo político que te proponga esto último es al que debes elegir y votar.

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