George Floyd, la muerte que movió al mundo, oleada de indignación

“Hemos aprendido a volar como los pájaros, a nadar como los peces, pero no hemos aprendido el sencillo arte de vivir como hermanos” 

 

La muerte de George Floyd, el 25 de mayo pasado, en la ciudad de Mineápolis, Minesota, Estados Unidos, durante su arresto a cargo de cuatro policías locales, generó nueva oleada de indignación y protestas contra el racismo y abuso policial hacia ciudadanos de origen afroestadounidense en ese país.

Las protestas llegaron la noche del 31 de mayo a las puertas de la Casa Blanca, en Washington, en cuyo frente los manifestantes prendieron hogueras. El presidente Donald Trump tuvo que refugiarse durante al menos una hora en un búnker subterráneo.

 

 

Por su extensión dentro y fuera de ese país, la oleada de indignación fue comparada con la que generó, en abril de 1968, el asesinato, en Menphis, de Martin Luther King, símbolo de la lucha por los derechos civiles de la población afroamericana del vecino país, que desató disturbios sin precedente en Estados Unidos durante varios meses.

Antes del episodio de Menphis, los estadounidenses ya habían vivido protestas violentas contra el racismo y crímenes contra la población afroamericana.

 

Curiosamente, en 1964, mismo año en que Luther King recibió el Nobel de la Paz, en un pueblo sureño, zona de arraigado racismo, donde el Ku Klux Klan reivindica con violencia la supremacía blanca, desaparecieron tres activistas defensores de los derechos humanos –dos judíos de raza blanca y un negro– sin dejar rastro.

Los hechos fueron llevados al cine en 1988. Alan Parker dirigió ese año Misisipí en llamas o Arde Misisipí, un filme en el que retrató la cruda realidad y el entorno hostil en que ¿vivía? la población afroamericana en Estados Unidos.

 

 

El estremecimiento que causó la película se sintió nuevamente en marzo de 1991, cuando el mundo vio en televisión la agresión policial a Rodney King, un hombre negro a quien cuatro policías apalearon luego de una persecución por una autopista de Los Ángeles.

El “incidente” fue grabado por un vecino, quien lo envió a una televisora local. Los cuatro policías fueron procesados, pero los absolvieron en abril de 1992, en una decisión que tuvo repercusiones inmediatas y dio pie a violencia, pillaje y linchamientos. Los disturbios duraron cuatro días, con saldo oficial de 63 muertos.

 

En 2001, Cincinnati fue el centro de las tensiones raciales, cuando un agente de policía mató a tiros a Timothy Thomas, un hombre negro de 19 años, desarmado, al que iban a detener por infracciones de tránsito, y en 2014, en Ferguson, Misuri, Michael Brown fue víctima de un nuevo episodio de racismo policial contra los negros.

Difícilmente, el episodio de George Floyd será el último de una historia que no debería tener nuevos capítulos, aun cuando lo rescatable esta vez fue la solidaridad sin precedente de blancos en las protestas.

 

Muchas cosas han cambiado y la discriminación, al menos en el papel, no existe, pero es un hecho que, según un estudio de la Universidad Northwestern, los afroamericanos tienen 2.5 veces más probabilidades de morir a manos de la policía que los blancos, situación que también afecta a otras minorías, como los hispanos, quienes se perfilan como un sector que, a corto plazo, representará a la más del 25 por ciento de la población estadounidense.

Hoy la sociedad estadounidense ha dado muestra de que no quiere volver escuchar la súplica agonizante de un hombre negro sometido por la fuerza: “Por favor, por favor, por favor, no puedo respirar”.

 

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